“Acercándonos a los jóvenes para alejarlos de las drogas”
Un pacto
    ejemplar
Periódico El Pacto
Por lo general el drogadicto
sufre una falta de amor.
En más de 10 años sobre
el ring, Manuel Amaya
jamás había recibido
un golpe tan fuerte. Fue un
yap directo a su tabique que
lo dejó grogui. Ahí, en Barranquilla,
la carrera del púgil
costarricense comenzó a
tambalearse, mas no fue el
zurdazo de un rival el que lo
sacaría del cuadrilátero y haría
de él un indigente.
Durante 19 años, Amaya
González estuvo perdido en
un mundo de drogas, dejó
atrás una prometedora carrera
boxística para terminar
durmiendo y delinquiendo
en las calles. Pero la pasión
por el box y la solidaridad del
joven empresario Mauricio
Fernández, lo empujaron a
salir de aquel barranco.
Hoy, un libro recién publicado
recuenta los años
de sufrimiento que vivió el
excampeón nacional y cómo
un pacto con su mejor amigo
y pupilo hicieron de él un
hombre nuevo.
Un campeón
Nacido en Golfito hace
50 años, Manuel Amaya gastó
las tardes de su niñez sentado
en el piso de un viejo
gimnasio. Mientras sus compañeros
se divertían jugando
futbol, a él se le iban los ojos
viendo entrenar a los boxeadores
de su pueblo.
A fuerza de tanto ver, el
pequeño terminó aprendiendo
algunas mañas de aquel
deporte, hasta que don Mario
Palavicini le ofreció la
gran oportunidad: el abrebocas
de una velada boxística.
Una noche de viernes,
Manuel subió al ring para
“hacer guantes” con otro
niño y después recoger dinero.
Los ¢12 que recibió fueron
la prueba de que había
cautivado a los presentes y
el inicio de una creciente pasión.
Desde entonces era más
común verlo en el gimnasio,
cargando los botines de Piel
Roja Chavarría, uno de los
grandes púgiles de la época,
y subir al ring para abrir decenas
de veladas.
En su adolescencia le llegó
la oportunidad de ingresar
al boxeo amateur . Con
su estilo técnico e inteligente,
se paseó por todo el país
antes de cumplir los 18 años.
Su don innato para el box lo
convirtió en la figura del momento
y, sin conocer la derrota
en 46 peleas, apuntó al
profesionalismo.
Victoria tras victoria, alcanzó
el título nacional de
las 126 libras y con un invicto
de 26 peleas profesionales,
ascendió al ranquin mundial.
Los combates internacionales
y las grandes sumas de
dinero se hicieron algo frecuente
en su vida, hasta que
terminaron desviándolo del
rumbo.
En junio de 1980 viajó a
Barranquilla, Colombia, para
enfrentar a Mario Miranda.
Aunque perdió la pelea por
decisión, el tico cosechó los
aplausos del público colombiano,
al darse de tú a tú con
un futuro campeón mundial.
Sin embargo, un día después
de la pelea, los halagos, las
fiestas y las drogas golpearían
su vida para siempre.
“Me ofrecieron droga en
un bar, al principio no acepté,
pero después de unos
tragos, por curiosidad terminé
probando, y el problema
fue que me gustó”.
Aunque debía regresar a
Costa Rica unos días después
de la pelea, permaneció en
Colombia varios meses más,
enredado entre fiesta, alcohol
y cocaína.
Cuando volvió al país,
• En pleno apogeo de su
carrera boxística, Manuel
Amaya se convirtió en adicto a
las drogas y deambuló por las
calles durante 19 años hasta
que un esforzado empresario
hizo nacer en él un hombre
nuevo. Un libro narra esta
historia de generosidad y
agallas.
continuó en el boxeo, pero
aquello ya no significaba lo
mismo para él. Más que la
oportunidad de hacer historia
sobre el ring, las peleas
en el extranjero solo representaban
ahora la opción de
ganar más dinero para gastarlo
en droga.
Por sus condiciones innatas,
continuó ganando,
pero los campeonatos nacional
y latinoamericano de
la división Ligero Junior que
obtuvo en 1981 fueron los
últimos logros de un ídolo
cada vez más hundido en los
vicios.
Sin dinero para las drogas,
cambió el boxeo por la
indigencia. Perdió su casa, a
su esposa, a sus hijos. Dor-
mía en las calles, trabajaba a
ratos en los muelles y hasta
robaba para drogarse.
Pupilo y salvador
Mauricio Fernández
Soto nació en San Buenas
de Puerto Cortés de Osa, en
1968, como el mayor de nueve
hermanos.
En su pueblo natal, comenzó
una relación muy cercana
con la pesca y el océano
mucho antes de entrar a la
escuela.
Apenas tenía seis años
cuando su familia se mudó
a Cartago en busca de mayor
bienestar. Seis años duró
también la aventura en la
provincia brumosa, antes de
que los Fernández regresa-
Don Manuel González González, su papá, fue uno de sus primeros
impulsores en la carrera del boxeo.
En el Club de Playa de Golfito, venciendo por nokout en el tercer
round al panameño José Santana.
En aquellos tiempos posando con el grupo juvenil Los Abejorros, oriundo
de Pérez Zeledón.
Esta foto ilustra el inicio de la recuperación de Amaya González.
ran a Puerto Cortés.
Con 12 años recién cumplidos,
Mauricio se dedicó
de sol a sol a las labores de
la siembra, pero el gran esfuerzo
que realizaba terminó
pasándole la factura.
“Hacía mucha fuerza, un
músculo se me desarrolló
más que otro y la cintura se
me torció. A los 18 años, los
médicos me dijeron que ya
no podía trabajar más en el
campo”, cuenta.
Lejos de desmotivarlo,
el inesperado padecimiento
hizo renacer en él su deseo
de volver al mar. En setiembre
de 1986, se dirigió a Puntarenas
para buscar trabajo
en un barco y consiguió uno
como ayudante de marinero.
Durante más de un año
siguió ligado a la pesca, hasta
que se decidió a vender
mariscos. Comenzó cargando
una hielera con pescado
en los autobuses y terminó
con una flotilla de carros, camiones
y barcos.
Junto a su exitosa vida
de negocios, Mauricio siempre
dedicó tiempo a los deportes.
Quiso enseñar karate
en Golfito pero aquella era
tierra de boxeo, así que terminó
sobre el cuadrilátero. A
finales de 1997, un indigente
Manuel Amaya se acercó
a ver una pelea que Mauricio
ganó por nocaut. Tras el
combate, el entonces drogadicto
se acercó al joven púgil
para felicitarlo.
“Usted tiene todo para
llegar a ser un campeón,
solo le falta una cosa… Enseñarte”,
así comenzó el diálogo
que vincularía a Mauricio
como su pupilo y salvador.
Aunque aprovechaba
los consejos de un maestro
como Amaya, con el paso de
los meses, Fernández dejó a
un lado sus sueños deportivos
y se propuso ayudarlo a
salir de aquel estado.
Y es que formar a un
boxeador dio a la vida de Manuel
una nueva ilusión, mas
no la suficiente para alejarlo
de la droga. Sus pocas horas
de sobriedad las dedicaba
a entrenar a Mauricio, pero
después terminaba en la calle
consumiendo crack .

A inicios de 1999, Mauricio
tuvo una pelea en Ciudad
Neilly contra un difícil rival
panameño y quiso dedicársela
a su entrenador, pero
esa noche se cansaría de esperar.

Mientras él boxeaba,
Amaya pasó las horas entre
licor y drogas. A los días,
cuando regresó al gimnasio
para disculparse con su pupilo,
lo encontró enojado.
“Sabe qué, hasta aquí
llegué yo. Ya no sigo más. Yo
estaba aquí por los dos, pero
ya que usted no quiere, no
peleo más”, le gritó.
Una y otra vez, Amayita
le suplicó que no truncara
su carrera por un error suyo;
que no acabara con la única
ilusión que tenía en la vida.
Tras un instante de silencio,
ambos cruzaron miradas.
“Hagamos un pacto: usted
deja las drogas y yo sigo
en el boxeo”, le dijo Mauricio.
La decisión fue difícil,
pero con el apoyo de Mauricio,
los Narcóticos Anónimos
y la iglesia Asambleas
de Dios, Amaya comenzó la
lucha contra la droga.
En abril del 2001, la
oportunidad de administrar
una planta de distribución
de pescado, obligó a Mauricio
a mudarse al Valle Central.
Agradecido, Manuel lo
acompañó hasta Heredia,
para ayudarle en el negocio.
Durante meses, los días de
ambos transcurrieron entre
la construcción de la planta,
los entrenamientos de boxeo
y los paseos dominicales que
Mauricio organizaba para
distraer a su amigo.
El nuevo trabajo y su integración
a Hogares Crea inyectaron
en Amaya motivación
extra para enfrentarse a
los vicios y a un nuevo golpe
bajo del destino.
Las jornadas de trabajo
hicieron regresar el dolor en
la cintura de Mauricio y la
decisión de los médicos fue
tajante: el Toro Mauro no
podrá volver a boxear.
Rehabilitado de las drogas,
Amaya recibió una oferta
de empleo en el Depósito
Libre de Golfito y volvió a su
tierra.
Durante seis años, los
amigos se separaron hasta
que Manuel decidió dejar su
trabajo y pedir una oportunidad
en la nueva planta de
exportación, propiedad de
Fernández.
Hace unas semanas, la
firma Multimar abrió el primer
supermercado de mariscos
del país, con Manuel
Amaya como su administrador
administrador.
Cada madrugada, el excampeón
llega al galpón número
cuatro de Cenada para
demostrarse a sí mismo que
las drogas no son rival para
noquearlo.
“Sí es posible estar en
lo más bajo y levantarse. Sí
es posible volver a empezar
y volver a ser dignos. El secreto
está en querer, tener
voluntad y sobre todo, aferrarse
a Dios”.
Su esfuerzo y lucha en la vida, lo colocan hoy como
administrador del Supermercado de Mariscos,
en CENADA, galpón N.4.
En aquellos tiempos posando con el grupo juvenil Los Abejorros, oriundo
de Pérez Zeledón.